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El negro pasado de Anatoly Onoprienko: la bestia que aterrorizó Ucrania

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El asesino, que confesó un total de 52 crímenes entre 1989 y 1996, alardeaba de ser “el mejor asesino del mundo”. Condenado a cadena perpetua, murió en prisión a raíz de un ataque al corazón

El ucraniano Anatoly Onoprienko murió en la cárcel a raíz de un ataque al corazón el 27 de agosto de 2013. Antes, había perpetrado 52 asesinatos y se convirtió en uno de los asesinos en serie más temidos del país. Onoprienko llegó a autodefinirse como “el diablo”. Entre sus víctimas, se contabilizan 10 niños, algunos de ellos bebés. Fue condenado a la pena de muerte, pero se le conmutó por cadena perpetua.

“Soy el mejor asesino del mundo”, así alardeaba Anatoly Onoprienko en el juicio que le iba a condenar por matar a 52 personas entre 1989 y 1996. El ucraniano Onoprienko, conocido como La bestia de Ucrania o Terminator, falleció el martes en la cárcel debido a un ataque al corazón. “La gente no aprecia la vida. Es necesario que contemple el horror. Yo soy el horror que empuja a la gente a vivir de otra manera”, justificaba el asesino en serie su desmesurada expresión de violencia.

Pero lo cierto es que el móvil de Onoprienko para matar era el dinero. Robaba en las casas de sus víctimas y para evitar ser reconocido liquidaba a todos los presentes y prendía fuego al domicilio para eliminar las huellas. Una forma totalmente animal de proceder, carente por completo de cualquier escrúpulo o sentimiento. Confesó 52 asesinatos, 10 de ellos niños, algunos solo eran bebés que asfixió en la cuna.

Como la mayoría de los asesinos en serie, Onoprienko (Zhytomyr, Ucrania, 1959) tuvo una infancia complicada. Su madre murió cuando era niño y su padre lo abandonó en un orfanato. Desde muy joven empezó a delinquir para ganarse la vida y en 1989 dio un paso más al concluir sus robos con el asesinato de las víctimas. Ese año acabó con la vida de nueve personas y con la policía detrás decidió abandonar Ucrania. Recorrió parte de Europa y llegó a estar encarcelado seis meses en Alemania antes de ser expulsado.

Ya en su país de origen, Onoprienko emprendió una atroz carrera delictiva. En solo seis meses, de octubre de 1995 a marzo de 1996, asesinó a 43 personas y perpetró numerosos robos. Su modus operandi solía ser siempre el mismo: asaltaba una casa medianamente aislada, reunía a los residentes en una misma habitación, mataba a tiros a los hombres y utilizaba cuchillos y hachas para acabar con las mujeres y niños. Para rematar su faena, a veces prendía fuego a la casa para que no quedase rastro de su presencia. Todo un ritual del horror para conseguir un botín consistente en algo de dinero en metálico y unos pocos objetos de valor.

Ante tales demostraciones de violencia la sociedad ucraniana entró en pánico y el Gobierno movilizó miles de efectivos para dar con el autor de los crímenes. El caso recordó al de Andrei Chikatilo, el carnicero de Rostov, otro psicópata ucraniano que mató a 53 personas en los años ochenta y que fue ejecutado en 1994. Pero los dos asesinos solo tenían en común su origen y el número de víctimas mortales. El móvil de Chikatilo era sexual, violaba, desmembraba y, en ocasiones, devoraba partes de sus víctimas, por lo general niños y niñas.

Onoprienko fue capturado en abril de 1996, pero antes la policía ucraniana detuvo a un sospechoso llamado Yury Mozola, que fue sometido a tortura para que confesase los crímenes. Mozola no confesó y falleció a causa de los brutales interrogatorios. Tras este descomunal error, las fuerzas de seguridad afinaron más y dieron con Onoprienko, que fue detenido en el domicilio de su novia, donde también se hallaron numerosos objetos personales de las víctimas.

El juicio, iniciado a finales de 1998, fue todo un acontecimiento en Ucrania. El acusado vertió todo un surtido de argumentos delirantes: “Soy el diablo”, “estaba contratado por los servicios secretos”, etc. Sus declaraciones sembraron la duda sobre si estaba loco o se lo hacía, pero finalmente fue declarado cuerdo y se estimó que sabía perfectamente lo que hacía. Onoprienko, que en todo momento se mostró imperturbable y nunca mostró arrepentimiento, fue condenado a la pena de muerte, aunque finalmente le sería conmutada por la cadena perpetua, lo que frustró el último deseo del asesino: “Que me ejecuten en la plaza pública, será mi obra final”.

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